domingo, 13 de octubre de 2013

Inversión emocional



Hace muchos años, cuando vine a vivir a España, compartimos piso con mi hermano pequeño, que ya vivía aquí unos meses antes y una temporada anterior en Italia, que con poco éxito laboral lo trajo a Zaragoza.  Siempre he pensado en esa, su primera etapa solo, que era época invernal y que él vivió solo en Italia, solo y en soledad, intentando encontrar un trabajo, establecerse y empezar a hacer realidad sus sueños y cumplir sus planes y metas.  Pensaba en cómo lo había llevado, sobre todo lo duro que debió ser dejar su casa, familia, amigos, su gente y su entorno, todo a lo que él estaba acostumbrado para buscar, como muchos, una nueva vida con muchos sueños e ilusiones.  En mi caso, fue diferente, vine con mi hijo, estando mi hermano aquí y unos 20 días más tarde llegó mi esposo y así empezamos nuestra nueva vida en familia.  Mi inicio fue diferente, en ese aspecto emocional, no fue tan duro, pero como todo cambio de vida, tiene su toque de dificultad y sacrificio.
En fin, algún día, uno de esos días entre que yo llegué y llegó mi esposo, imagino que también tenía que ver con el tiempo, con el clima, que ya era final de otoño, casi invierno y los mismos días no estaban tan alegres como para alegrar a nadie.  Yo estaba triste y confundida, ya no recuerdo bien cuál fue la casusa de sentirme así, pero así estaba.  Yo le contaba, en plan queja, como me sentía y la actitud de algunas personas, que a veces, son de las que más esperas que sean un apoyo emocional y al final resultaban ser, más bien, una carga emocional.  En general, comentábamos de personas, actitudes, sentimientos y situaciones.  De lo difícil que es adaptarse a una nueva vida y los sacrificios emocionales que hacemos, porque queremos, claro, nadie nos obliga, pero en esos momentos de debilidad emocional, parecen más grandes, difíciles y pesados.  Luego de escuchar por un buen rato todo mi rollo simplemente me recomendó olvidar todo y seguir mi vida, sobre todo sin cargarme de manera negativa contra esas personas.  Me decía que tampoco yo sabía cómo estaban esas personas (anímicamente) como para dar consejo y apoyo.  Yo insistía y seguía protestando como si yo tuviera razón en enfadarme y crear un mal sentimiento.  El sólo resumió diciendo, que él ya no se enfadaba por esas cosas (y creo que hasta ahora no lo hace)  y que a esa actitud positiva la llamaba “inversión emocional”.
En ese momento entendí el concepto tal cual me lo explicó, de manera literal.  Lo entendía, pero me costaba ponerlo en práctica por completo.  Realmente no encontraba una situación en la cual pudiera aplicarlo.  Pero, según ha ido pasando el tiempo lo he ido entendiendo mejor, en su total magnitud.
Es verdad que estando lejos de la familia y amigos olvidas muchas cosas, y sólo recuerdas algunas.  Idealizas a las personas, y normalmente olvidas sus defectos.  En realidad, aunque lejos, con todo lo que significa estar lejos, a las personas que recuerdas, las recuerdas bien, resaltando todas sus virtudes, recordando sólo los buenos momentos y bueno si no recuerdas a alguien será porque mejor es así, no?
Han seguido pasando los años y esta frase cada vez la he visto más clara y ha tenido más sentido.  Será que también habré madurado algo en el camino y he aprendido a invertir en mis emociones, en mis sentimientos. 
Aprendí a no dar tantas vueltas a las cosas, tomarlas como vienen y sobre todo de quien vienen.  A entender y quedarme con lo que me dicen, tal cual, sin imaginar ni especular entre líneas.  Tan simple como lo que dicen.  Dejé de especular sobre los pensamientos y sentimientos ajenos, que finalmente no me traen nada bueno.  Cuántas veces damos vuelta y vuelta a alguna actitud de alguna persona que nos incomoda o fastidia y seguimos como “masticando y masticando” esa mala sensación y en mi caso, se me pone un dolor en el estómago que me pongo mal.  O cuántas otras veces creamos novelas en nuestras cabezas, asumimos actitudes de lo que uno piensa, dice y hace, pero que al final es eso, una historia en nuestra cabeza que creamos, desarrollamos y terminamos nosotros mismos y al final, no pasa nada, las otras personas ni se han enterado del dramón que hemos tenido entre ceja y ceja y nosotros ya nos hemos enfadado y sentido mal, sin mayor razón real.  Al final, no es sólo salud mental o emocional, también involucra la salud física, que es muy importante.
Aprendí que la tolerancia, la paciencia y el respeto son muy importantes para mantener equilibrada mi tranquilidad emocional.  Todos somos como somos, somos más afines a unas personas y menos a otras.  Eso no nos hace mejores o peores personas, simplemente es que somos así.  Me di cuenta que la tolerancia es necesaria para convivir juntos, la paciencia es básica para convivir juntos en armonía y pensar antes de actuar y por último el respeto que es el pilar básico de la convivencia y relaciones nos ayuda a convivir juntos, en armonía y felices.
Finalmente aprendí que vale más quedarse callada que ser la que “pone los puntos sobre las íes” o ser la que “no tener pelos en la lengua” y decir siempre lo que piensa.  No tiene que ver con hipocresía ni nada eso, simplemente tiene que ver con mi paz interior, con mi tranquilidad emocional.
Aprendí a valorar hasta que punto vale la pena discutir con alguien o no.  Muchas veces vale más la pena, escuchar, intentar entender su posición y si ya no se puede más, simplemente callar y alejarse.  Discutir requiere mucho esfuerzo y siempre nos trae alguna consecuencia emocional y según qué hasta física y finalmente no vale la pena.
Es verdad que suena muy bien y fácil, pero no lo es.  Yo intento aplicar esta frase o filosofía de vida, pero la verdad no siempre lo logro.  Lo importante para mi es, lograrlo cada vez más.
Gracias Negrito por tu consejo de hace tanto años, ya ves que lo sigo aplicando e intentando mejorar.  Espero que tú no lo hayas olvidado y siga siendo parte de tu filosofía de vida, a mi me parece que sí!

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