jueves, 7 de agosto de 2014

Un fantasma divertido

En mi casa nunca me siento sola.  Tengo la creencia que mi abuela, que falleció hace más de quince años, aún está conmigo y se encarga de cuidar de mí y mi familia.  Yo soy de las que creen en fantasmas y espíritus y creo que algunas veces se quieren comunicar con nosotros para alertarnos de los peligros o para encontrar su paz interior.  Una noche no podía dormir.  Daba vueltas y vueltas en la cama.  Sentía que había alguien en la puerta de mi habitación observándome.  Varias veces, me armé de valor, abría y los ojos e intentaba identificar en la oscuridad quién estaba ahí.  Pero no veía nada.  Entonces me levanté e hice un recorrido rápido por mi casa, que no es muy grande.  Nunca veía a nadie, aunque sentía que alguien venía detrás de mí, sentía frío, como corrientes de aire.  Regresé a la cama corriendo y, sin querer mirar atrás, me cubrí con el edredón casi hasta la nariz.  Seguía dando vueltas mientras la razón peleaba con el temor.  Una vez más, me dije, y me levanté.  Salí de mi habitación buscando alguna respuesta.  De pronto tuve la sensación que alguien me iba guiando por casa.  Alguien que, sin palabras, me decía donde ir.  Luego llegué al final del pasillo, donde tenemos la puerta de una habitación que usamos para guardar de todo y nada en especial.  Vi como la puerta se abría y entraba luz de la calle.  ¡No lo podía creer!  Había alguien ahí y me quería decir algo.  Pensé, esta es mi oportunidad de tener una conversación con un fantasma.  De pronto, sentí una voz muy bajita, justo en el oído que me decía “mami, quiero hacer piss, ¿me acompañas al baño?” Y me desperté.  Era mi hija pequeña.

domingo, 3 de agosto de 2014

En la vieja vecindad

Durante muchos años viví en un mismo edificio o comunidad de vecinos en Lima, en la casa que compraron mis padres con un adelanto de la herencia de mi abuela.  Ocupamos esa casa desde que yo tenía diez años hasta que me casé con veintitrés.  ¡Cuántos años!  Por la edad con la que llegué y me fui, fue del año 1985 al 1998.  Durante estos años la situación del Perú era muy diferente a la de ahora, aunque la falta de seguridad es la misma.

Era la época del primer gobierno de Alán García.  Cuando el terrorismo dominaba el país y la crisis e hiperinflación eran una cosa del día a día sin que casi nos diéramos cuenta.

Esa es la etapa de mi adolescencia en la que recuerdo que, a veces teníamos agua.  Muchas veces nos quedábamos sin luz por las bombas de los terroristas.  Soy de esa generación que se bañaba con una jarra luego de hervir un poco de agua para que no estuviera fría y estudiaba con vela.

Como era joven lo recuerdo como una anécdota.  Yo no era el adulto que tenía que padecer todo esto.  Y me ha venido el recuerdo de cuando iba a la tienda del barrio a comprar leche o arroz, y el tendero decía que no tenía, pero, si empezabas pidiendo cosas más superfluas: golosinas, cigarros, velas (aunque siempre eran necesarias), y al final pedías la leche o el arroz, y entonces sí que te lo podía vender.

Nosotros vivíamos en un bajo con la suerte de que nuestro piso tenía la entrada independiente de la comunidad.  Nuestro portal estaba en una calle, en la esquina, y el resto entraba por la otra.  Debajo de la ventana de nuestro baño, por fuera, había un grifo común, que era para regar los jardines, pero los días que no había agua en la comunidad, en este grifo sí, pero había que compartirlo entre los seis vecinos.

Como nosotros no usábamos la entrada común, ni teníamos gastos de luz, limpieza de escaleras, sólo los del agua, cuando había, mis padres llegaron a un acuerdo con los demás, que sólo pagarían los servicios que les correspondieran y el resto no.  No voy a comentar ahora si fue lo correcto o no, pero así fue y no estaba bien visto por todos los vecinos.

Cuando no había agua, desde ese grifo bendito, poníamos nuestra manguera, que entraba por la ventana del baño y nos servía para bañarnos, juntar agua, poner lavadoras y lo que fuera necesario.  Hoy tengo que reconocer que eran otras épocas, menos sostenibles, y muchas veces se quedaba la manguera manando, mientras terminaba la lavadora o se hacía otra cosa.
Pero, cuando estabas duchándote a toda prisa y tenías el pelo con champo y, de pronto, te quedabas sin agua porque algún vecino consideraba que ya habías tenido más que suficiente y le tocaba a él.  Había que dar gritos por la ventana, casi rogar a ciegas que te la devolvieran y luego, que hicieran lo que quisieran.

Benditos vecinos, con los que había que ponerse de acuerdo para una derrama y hacer una cisterna lo suficientemente grande para tener reserva.  Éramos la única comunidad de toda la manzana que no se había puesto de acuerdo.

Cuando mi abuelo se mudó a la comunidad de al lado, que era más organizada, pasábamos por su casa para bañarnos.

Luego, una de las vecinas, con la que más problemas había, consiguió que un familiar comprara otro piso en la misma comunidad para tener más apoyo en sus quejas.

Éramos tan pocos, pero tan complicados.  Hoy vivo en una comunidad más grande, de unas cuarenta y cinco familias sólo en mi torre, y hasta ahora, salvo algún vecino desagradable, que hay en todas partes, me llevo bien con ellos.  Pero es verdad que cuando no hay agua nos falta a todos, y no hay manguera que nos salve.

jueves, 31 de julio de 2014

Sesión de pedicura


Yo no soy asidua a los servicios complementarios de los centros de belleza.  No por nada en especial, si no porque yo soy así, de servicios básicos.

Como este es mi año de cambios y descubrimientos, a pocos días de empezar las vacaciones familiares de verano, decidí ir a mi peluquería habitual para teñirme el pelo.  Previamente llamé para concretar la cita, pregunté sobre la posibilidad de “hacerme los pies” y la encargada me ofreció varias alternativas que ya comentaríamos con más detalle cuando esté ahí.

De pronto, ya con el pelo teñido y muy a gusto, me pasaron a una sala más privada, en la que meses antes, Mª José  me descontracturaba la espalda y a veces hasta la cabeza de mis rollos que tenía dando vueltas.  Me pidieron que me subiera a la camilla.  Ahí estaban Carolina y Aroa, a mis pies.  Al ser la primera vez, no sabía cómo actuar.  Era una sensación muy extraña, no podía describir que sentía.  Cada una de ellas tenía diferentes utensilios y hacia algo distinto en cada pie.  En el derecho sentía cosquillas y en el izquierdo un poco de dolor, percibía sensaciones de un solo pie, tenía que concentrarme en qué pie quería sentir.  ¡Qué increíble es nuestro cuerpo!

No sabía cómo sentirme o comportarme y me dije: voy a disfrutar del momento y de esta nueva experiencia, aunque eso, claramente, no es mi especialidad y, mientras intentaba concentrarme en pasarlo bien, pasaban por mi cabeza tantas cosas pendientes, ideas, sueños, proyectos y pensé en la situación actual, que estaba bien, no me podía quejar.  A pocos días de empezar las vacaciones, la emoción de volver a disfrutar de mi familia, del mar, de la playa, de mí misma en mi versión vacacional, de no tener mayores preocupaciones que pasar los días sin pasar hambre.  Una vida muy básica y satisfactoria.

Pienso cuántas ideas y planes tengo ahora.  Retrocedo unos cuatro meses, desde ese momento en que mi vida dio un giro interesante.  Aunque cuesta recuperar la dignidad y autoestima laboral, creer que puedo hacer las cosas bien, como antes, como siempre.  No sé si los proyectos que tengo ahora tiene futuro o no, si son a largo plazo, pero sí estoy segura que puedo intentar hacerlos realidad con mucha ilusión y trabajo, esperando empezar esa nueva vida que siempre soñé tener.  Han ido pasando las semanas y percibo que las cosas se van organizando y encajando de la manera correcta.

Por otro lado, me ha llegado un propuesta, que significaría volver a mi vida anterior, a esa de hace unos meses.  Las cartas están echadas y mi jugada está en la mesa, ya no está en mis manos cogerla o dejarla.  Soy consciente de la oportunidad que tengo delante y sobre todo en estos tiempos difíciles y lo agradezco muchísimo.  Entiendo también que sería un nuevo inicio, otra etapa, pero diferente a lo que esperaba.  Voy revisando mi teléfono móvil cada tres minutos, aunque debería escucharlo sonar, esperando que llamen para no perderme esa oportunidad.


Pero, ¿qué es lo mejor para mí?  ¿Y para mi familia?  En fin, ya no está en mis manos, espero que se resuelva de la mejor manera.  No dejo de soñar, las ilusiones y planes permanecen ahí y esta vez, he decidido darles una oportunidad.




lunes, 28 de julio de 2014

Un lugar en mis sueños

Desde que tenía doce años, durante las vacaciones de verano, mis padres me dejaban con mis hermanos cada día en la playa.  Esos veranos fueron los mejores de mi vida.  En esta playa había un muelle de madera que tenía unos bancos a lo largo.  Los días que no eran demasiado buenos o que tenía algo relevante en que pensar, con esa edad, me sentaba ahí, en el banco, durante horas, sólo viendo el ir y venir de las olas.  La infinidad del mar me daba fuerza para pensar que siempre, más allá, siempre hay algo más.  En la inmensidad del mar entendía que yo era como un grano de arena, pequeña, y que mis problemas eran aún más diminutos.  Descargaba mi preocupación, encontraba las respuestas que necesitaba y seguía adelante.
Desde esa época el mar me atrae muchísimo.  Tengo la sensación de poder encontrar en el mi equilibrio.  Es tan importante, que lo considero una necesidad en mi vida emocional.  Además es bueno para la salud. 

Siempre sueño con ese lugar ideal en el que me sentiría a gusto sin importar nada. 
Es una casa en la playa con enormes ventanales.  La casa no es grande pero sí las ventanas, que me permitan ver la inmensidad del mar.  Es una playa de arena blanca, ideal para dar grandes paseos, de un lado al otro.  A la derecha está el peñón, que por las tardes, durante la puesta del sol, parece esconderse detrás de él.  Los vecinos están lo suficientemente lejos para no sentirlos, pero lo suficientemente cerca para saber que están ahí.  Está bien, es como vivir sola, pero acompañada.

Hacia la izquierda sigo viendo playa y más playa.  Alguna vez me dijeron que mi playa tiene unos diez kilómetros de largo.  Está muy bien, pero, aunque digo que está bien para andar, yo no camino tanto, sólo desde mi casa hasta el peñón, que tiene cuevas, y es agradable ir con visitantes y enseñar algo tan lindo, simple y natural.

Desde mi casa, con sus grandes ventanales hacia el mar, es como si estuviese ahí mismo, sobre un barco, aunque no se mueve.  De la salida de mi casa hasta llegar al agua hay unos cinco metros de arena cuando la marea está baja.  Cuando hay marea alta, sin tormenta, no llega hasta mi porche, pero parece que el agua se mete debajo de la casa.  Cuando hay tormenta tengo que poner los cerramientos especiales para ventanas que me recomendaron al comprar la casa y mirar hacia otro lado, son momentos que me causan agobio e intranquilidad.  No sé si es por el ruido de la tormenta en el techo o porque me siento encerrada o simplemente porque no puedo ver el mar y como se acerca a mi casa.

Me gusta el mar y la playa también en los días de invierno, cuando el cielo está gris y oscuro y cuando al acercarte a la orilla ya sientes la humedad en la cara, en los ojos, en el cabello.  Esos días cuando no apetece estar dentro de casa y fuera el frío te recuerda que estás vivo y tienes que seguir.


Como todo sueño, luego te despiertas y te tienes que bajar de tu nube y volver a la realidad.

jueves, 24 de julio de 2014

La mujer del viudo

Antes viví en un piso que tenía vida propia.  Tenía tanta energía que llevaba su propio ritmo.  Soy muy sensible y percibo con mucha facilidad el exceso de energía.

En este piso, todo era muy tranquilo.  Era bastante cómodo para vivir con mi familia.  Disfrutaba mucho de las vistas, la distribución era adecuada.  Todo estaba bien, pero había algo que me hacía sentir incómoda.  Al principio, durante la mudanza, no tenía claro que era, pensaba que se debía a la extrañeza porque recién nos habíamos cambiado y nos teníamos que acostumbrar a nuestro nuevo hogar.  El tiempo fue pasando, pero la sensación era cada vez más fuerte.  Parecía que siempre había alguien detrás de mí, mirando cada cosa que hacía, como si aprobara o desaprobara mis acciones allí.

Me preguntaba que había pasado para que hubiera allí una fuerza tan potente.  Me sentaba en el salón y miraba las paredes, esperando que me pudieran dar una respuesta.  Me decía “si estas paredes hablaran”.  Pero nunca me dijeron nada.  Creo que ellas me observaban e iban ampliando la historia de este piso para la eternidad.

Asumí que esa extraña energía que iba detrás de mí todo el día era la antigua dueña que había fallecido hace muchos años.  Nos lo alquilaba su viudo.  Llegué hasta el punto de hablar con ella, o sola.  Le preguntaba qué es lo que quería, y recibía las mismas respuestas que cuando les preguntaba a las paredes.  Un día, cansada de tanta incomodidad, le dije que ya estaba bien, que nosotros vivíamos allí, que entendía que era su casa, pero que estuviese tranquila, que teníamos buenas intenciones y se la cuidaríamos como si fuese nuestra.  Le expliqué que su marido ya no estaba en ese piso, que estaba muy enfermo y que sería mejor que lo fuese a cuidar a él.  Quiero creer que era ella la que estaba allí, que tuvimos la conversación y todo quedó claro.


Después de este monólogo a viva voz, nunca más la volví a sentir en casa.