domingo, 18 de agosto de 2013

De retiro



Hace muchos años, cuando tenía 16-17 años tuve la oportunidad de hacer un retiro espiritual como preparación a la confirmación.  Ahora, después de tantos años, sólo tengo recuerdos puntuales de ese fin de semana.  Por un lado están las vivencias y convivencias con las chicas del colegio, disfrutar con ellas de estos días y por otro lado la experiencia en sí, del propio retiro.  Hoy no recuerdo especialmente los temas espirituales (y no es que me haya peleado con Dios), pero lo que recuerdo es que durante esos días, que fueron tan intensos emocionalmente, descubrí muchas cosas de las personas que tenía a mi lado durante toda mi vida escolar, durante tantos años.
Cuántas veces prejuzgamos, juzgamos, calificamos y sentenciamos sólo por una idea o imagen que tenemos de las personas y según pasan los años seguimos insistiendo en nuestras teorías y no nos damos el tiempo de darle una vuelta a nuestros prejuicios o conceptos e intentar conocer o entender a las personas con las que tenemos que vernos día a día, todos los días.  Finalmente, la conclusión más importe que puedo sacar de ese retiro, además del tema puntual, es que realmente conocí a muchas compañeras, entendí muchas actitudes y me calcé muchos otros zapatos, a parte de los míos, para entender otras actitudes.  Conocí a tanta gente que conocía desde hace muchísimos años, pero nunca me había dado el tiempo e interés de conocer de verdad.
Además, otras de las características de estas experiencias, digo yo, es que al estar retirado, alejado de tu entorno habitual, de las cosas de cada día, de las redes sociales y todo eso, la percepción de las cosas comunes y normales de la vida es diferente.  Estoy segura que todos los que han vivido una experiencia similar entienden lo que quiero decir.  Yo recuerdo que, además de haber podido conocer o reconocer a las personas de mi día a día, salí del retiro cargada de energías, me sentía poderosa, creía que podía cambiar el mundo y que habían muchas cosas que podía hacer de otra manera para que sea mejor, mejores mis actos e intentar ser mejor persona.
Recuerdo esa sensación de poder, de sentirme dueña del mundo, que mis sueños se podían hacer realidad, que cualquier cambio estaba en mis manos y que mis deseos, con esfuerzo se podían hacer realidad.  Pero también recuerdo que conforme pasaban los días e iba viviendo mi realidad y recuperando mi rutina sentía que perdía ese poder de poder cambiar todo.  Veía que el resto de la gente no iba a mi ritmo, no estaba en “mi onda”, no estaban en la versión de cambio que yo había asumido.  Cada uno iba a su propio ritmo y sobre todo sin la carga extra de adrenalina que yo tenía.  Con el tiempo pude encontrar el equilibrio que necesitaba entre el poder y mis sueños y en contrapartida la realidad y el día a día.
Este año he tenido la oportunidad de hacer un nuevo retiro espontáneo y nada planeado.  Como en años anteriores y gracias a un gran amigo pudimos pasar parte de las vacaciones en la playa.  Ya lo dicen, en los momentos más difíciles los verdaderos amigos y familia están cerca dándonos la mano y demostrándonos que siempre hay esperanza y que se puede pasar bien.  En fin, fueron buenos días para disfrutar a la familia, pasar tiempo con ellos, sin preocuparse de mirar el reloj.  Relajados para comer cuando teníamos hambre, dormir cuando teníamos sueño y despertamos cuando el cuerpo lo pedía.  Es verdad, para eso son las vacaciones.  Aunque estaba bien y de vacaciones, en mi cabeza había mucho ruido para escuchar mis pensamientos.
Después de estas semanas playeras, que me ayudaron a recargar mis energías, ahora puedo decir y reconfirmar mi teoría de que ¡Yo soy mujer de mar!  Entonces, ya con las pilas más cargadas y bastante morena, este año tuvimos una suerte adicional.  Me preguntaron para ir a cocinar al campamento de los Scouts de Alberto.  Por un tema de vacaciones sólo pude ir la primera semana del campamento, la segunda ya tenía que volver a trabajar, que como está la situación por aquí, ya lo dicen es una suerte “volver” a trabajar.
La idea de cómo iría esta nueva experiencia para mí me tenía acojonadilla, no lo puedo negar.  No tenía muy claro cómo hacer, que cocinar ya lo hacemos muchos, pero ¿Cómo sería realmente cocinar para más de 30 personas cada día, cada comida?  Aunque éramos dos mamás para estar en la cocina, no lograba imaginar la escena y le daba muchas vueltas en mi cabeza, sin encontrar respuestas claras.  Imaginaba que sería un agobio completo, picar y picar de todo, mover y remover ollas enormes, añadimos el calor y las limitaciones propias de un campamento.  Además que si la comida podría salir salada o no, que algo se te queme o qué sé yo, tantas cosas.  También estaban mis rollos sobre el hecho de bañarse, si habría o no agua caliente porque el agua fresca (helada) de la montaña sería imposible para mí y que finalmente, cuando esté muerta de cansancio y me quiera ir a dormir, tendría tantos dolores de espalda que no aguantaría.  Como se imaginarán casi quería tirar la toalla sin siquiera intentarlo. 
Pero grata fue mi sorpresa al descubrir que no era así.  Las cosas estaban bien organizadas y realmente funcionaba todo muy bien.  Lo de cocinar se hacía bien y fácil, aunque pasando calor (los días de calor), todo iba muy bien.  Ya teníamos las cantidades a usar y bueno, al final casi quedaba “vuelta y vuelta” a las cosas y lo más importante, es que estén listas a la hora.  Luego sobre mis otros rollos descubrí que para bañarme había suficiente agua caliente y que cada noche, además de pasar un poco de frío, todo iba bien, no me dolía la espalda y podría soportarlo, podría sobrevivir a esta experiencia y eso me hacía sentir bien, positiva y con ganas de seguir y aprovechar la oportunidad.  Cada uno de nosotros tenía su propia actividad independiente de los demás de la familia: Jorge iba haciendo las cosas que le habían encomendado como asistente de los monitores “de tropa”.  Alberto iba con los “de tropa” en las actividades que le correspondían y Aitana iba de “llavero” de todos y de ninguno, buscando que hacer, talleres con los castores y lobatos, jugar con las chicas de tropa, preguntas indiscretas a los monitores y dispuesta a acompañar a cada uno, las veces que sean necesarias a fregar platos o al baño.
Sin querer, esta experiencia culinaria se convirtió en un retiro espontáneo.  Tuve la oportunidad de conocer a más personas y reconocer a otras que tengo cerca y veo con alguna frecuencia.  Pude ver y reflexionar sobre todo lo que veía.  Por otro lado, con tanto niño, uno (quiera o no) escucha muchas historias y ve muchas situaciones diferentes a las que podemos considerar habituales para nosotros mismos (ni mejores ni peores, sólo diferentes).  Escuchas historias y luego ves a los niños y, aunque no compartamos todo del todo, entendemos conductas y actitudes.  Pero entre tantos niños de otros y entre tantas personas para ver, tuve la suerte de ver a mi familia, de ver a los míos haciendo sus cosillas.  Ver a cada uno desarrollarse de una manera independiente y en actividades diferentes.  Cada uno iba a lo suyo y cada uno se desenvolvía de una manera especial.
Ya que no tenía cobertura en los móviles y no tenía acceso a internet ni nada, que finalmente lo agradecí, tuve el tiempo suficiente para disfrutar de los míos.  Aproveché ese tiempo en conocerlos y reconocerlos en otras situaciones, que normalmente no hubiera sido posible hacerlo.  Entre en ese estado de observación y valoración de mi familia.  Me sentí feliz de la familia que tengo, que como todas tenemos nuestras cosas, obvio.  Pero, como conclusión, el balance fue positivo.
Los días que estuve ahí me desligué de todo lo del día a día, de lo que, por rutina, me cargo cada día y dejo de ver y valorar las pequeñas cosas que realmente me hacen felices.   Ver a cada uno de mi familia sonreír, jugar, gritar, correr y más.  Era una observadora desde el burladero.  Cuando tuve que regresar, aunque no quería regresar, ya no quería que ese retiro espontáneo termine.  Quería que sea más largo, que dure más días, quería ver más, aprender más, tomar nuevas determinaciones y cambios, sentir otra vez ese poder y sentirme capaz (o por lo menos creer) que puedo cambiar cosas sólo con mi esfuerzo y el deseo que las cosas sean mejores para todos.
Ya cuando estaba en casa, intenté mantener lo más que pude ese estado post retiro para seguir dando vueltas a los temas y cosas que realmente me interesan y encontrar la mejor manera de seguir delante de la mejor manera.  Como les contaba al inicio, esa fuerza y dosis extra de adrenalina la llevó yo en mi mente y en mi corazón, pero no significa que el resto está pasando por lo mismo, lo que hace que la lucha por lograr alguna meta es más difícil, pero no imposible.
Hoy regresaron mis chicos del campamento.  Ya estamos todos en casa e imagino que ellos también han vivido sus propias experiencias, nos hemos extrañado mutuamente y habremos pensado lo que queremos cambiar, mantener o mejorar.  Seguro se han tomado ese tiempo para ellos mismos.
Lo único que ahora pienso, es que en realidad, tenemos muchas oportunidades para desconectar de la rutina incluyendo la tecnología y hacer un balance de todo, de todo lo necesario y cargarnos de fuerza interior para retomar nuevas decisiones y retos para nuestra vida.  Aprovechemos las oportunidades, que si se nos ponen delante, por algo será

miércoles, 10 de julio de 2013

¿Blanco o negro?



Ya dicen que en la vida no todo puede ser blanco o negro, que siempre hay tonos intermedios, los grises, pero hay algunas situaciones en las que sí, o es negro o es blanco y los grises no están permitidos.
En estas épocas, en las que todo es tan rápido, ligero y flexible, a veces olvidamos que hay cosas que las tenemos que hacer de una manera.  Pueden existir versiones diferentes, pero sólo hay una manera de hacerlo.  Hay cosas que sí se pueden hacer y otras que no se pueden hablar.  Blanco o negro.
Yo reconozco que he sido criada de una manera estricta y con disciplina férrea tanto en mi casa, como en el colegio y que las cosas tenían que ser de una manera.  Las cosas se hacen bien a la primera, porque si vas dejando todo a medias, un trabajo o actividad puede terminar siendo 3 si no lo haces todo a la vez y seguido.  Ejemplo, tienes la ropa en el tendal y si lo haces todo a la vez, dejas ya separada la ropa para planchar y la que no en los cajones.  ¡Listo! Misión cumplida.  Otra versión sería: trabajo 1: recoger la ropa; trabajo 2: doblar y ordenar la ropa; trabajo 3: dejarla en su sitio.  Si lo vas haciendo uno por uno parece que tienes que hacer 3 actividades diferentes para una que es obvio se tiene que hacer.
Volviendo al tema… en estos días en los que ser el espabilado –en España- o el criollazo –en Perú- está de moda, que es mejor quien tiene más dinero, sin importar como lo ha conseguido, que sacar algo a cambio, es la regla de vida para muchos, cuando se ve cada día a los grandes delincuentes en traje y corbata, paseando por todos los juzgados, entrando y saliendo de la cárcel, me pregunto: ¿dónde fueron a parar los valores básicos y elementales de las personas, de la sociedad?
Cuando es normal hacer un “cambiazo” en tu trabajo para renovar tu ordenador.  Cuando es habitual recibir comisiones irregulares con tu mano derecha que finalmente las paga tu mano izquierda.  Cuando decides hacer justicia con tus propias manos, cogiendo lo que nos es tuyo y beneficiarte con eso sólo porque consideras que así tienen que ser las cosas, que tus horas extras de tantos años hay que cobrarlas de alguna manera.
En estas épocas en las que vivir a su bola, con sus propias ideas y formas de hacer y deshacer es lo más práctico que hay.  Nos hemos olvidado de lo que hay que hacer, que existe la integridad y la honradez, que las cosas son blancas o negras.
Ahora intento educar a mis hijos en una vida íntegra y con valores.  Todo lo demás viene después.  ¿De qué te sirve que tu hijo saque las mejores notas, si los deberes y trabajos los haces tú para que él saque buenas notas?  Así también enseñamos honestidad y valores.  ¿De qué nos sirve que tenga las mejores notas si finalmente no ha aprendido nada?  O peor aún, si lo que ha aprendido es a obtener algo sin un mínimo de esfuerzo y no siendo leal con él mismo y sus compañeros?
Hace poco escuché o leí un frase que me la guardé, “la integridad es hacer lo que hay aunque nadie te esté mirando”.
Es cierto que intentando tener una vida íntegra, no tendremos grandes riquezas, ni pasarán por nuestras manos las mejores ofertas o chollos poco legítimos de la historia, pero sí que pienso que dormiré mejor y que daremos un mejor ejemplo a nuestros hijos que luego ellos serán el futuro.
No podemos pedir o exigir a la vida que nos pasen cosas buenas cuando nosotros mismos hacemos lo contrario.  Si compramos cosas robadas, es cierto que somos ladrones ni que robamos directamente, pero apoyamos claramente este “negocio”.  Entonces, ¿cómo nos vamos a quejar o reclamar si nos roban?
Otro tema de largas conversaciones en casa son las “mentiras piadosas”.  En principio es una mentira, ¿sí o no?  Volvemos a nuestra pregunta ¿Hay puntos intermedios?  Quizá podemos justificar y hasta cierto punto aceptar si es una mentira, pero sólo para evitar dañar a alguien o algo así, que no implique mayores controversias.  Pero pienso que nunca se puede considerar como “mentira piadosa” algo que me beneficie directamente  o que me haga evadir alguna responsabilidad.
¡Sí, sí!  A ver quién tira la primera piedra y está libre de mancha, nadie seguramente.  En algún momento, todos hemos caído en la tentación o hecho o permitido hacer algo no adecuado.  Pienso que lo importante es luchas por llevar una vida íntegra, que sea un ejemplo para nuestros hijos, que podamos dormir en paz y estar tranquilos con nosotros mismos.   Al final eso es lo que cuenta.
No nos sobra el dinero, y a los que sí, seguramente quieren un poco más, pero todo tiene un límite, existe una línea que hay que seguir y o sobre pasar.  Para estos temas considero que no es aceptable la flexibilidad.  Es lo que es, hay lo que hay.  Blanco o negro.
Todo lo que ganamos sin esfuerzo, a base de engaños u otro tipo de formas poco aceptables, y no me refiero sólo a dinero.  Podemos considerar un mejor trabajo, un premio, etc. a la larga se irá por donde vino y con la misma rapidez.  Es como dicen de las dietas, que cuando bajas muy rápido luego recuperas el doble.  Pues eso, así de claro.
Tengamos siempre presente los principios básicos de la vida y la convivencia.  No podemos exigir una sociedad mejor si somos partícipes activos (directa o indirectamente) de las cosas que nos quejamos.
No podemos esperar que nuestros hijos hagan las cosas bien o mejor si nos ven  tan dispuestos y flexibles.
Quizá ahora sí estén de acuerdo conmigo y con mi frase inicial.  Hay situaciones en las que las cosas son blancas o negras, sin tonos intermedios.

sábado, 29 de junio de 2013

Cuando aprendí a ser feliz



Aunque, en realidad, hasta hoy y seguro que por siempre, seguiré aprendiendo a ser cada día un poquito más feliz.  Es verdad que hace varios años la encontré, a la felicidad me refiero, pero hoy la sigo buscando y casi todos los días la encuentro una y otra vez en las pequeñas cosas del día a día: en una sonrisa sincera, en una palabra de aliento, en la mirada de mis hijos, en el abrazo de mi esposo, en el cariño de mis padres y vamos en casi todo, que la vida es muy corta y hay que intentar ser feliz.
Hoy se me vinieron a la mente recuerdos de hace muchos años, quizá unos 13 ó 15 años atrás o alguno más.  No puedo decir que en esa época no era feliz.  Ya sabemos que la felicidad es relativa, además que la propia y eterna búsqueda de la felicidad, nos da la oportunidad de ser felices según vamos alcanzando “eso” que deseamos tanto.
Como les contaba, hoy durante un simple intercambio de saludos y sonrisas, recordé lo fácil que resulta ser feliz.  Vinieron a mi mente recuerdos, de como hace muchos años, estos pequeños detalles en realidad no causaban ningún efecto en mí.  Vivía para mi, que intentaba no hacer daño a nadie.  Tenía una vida, bien, tranquila, según lo que recuerdo que sentía o que creía.  Recuerdo los planes de vida que tenía, lo que quería lograr y como quería que sean las cosas.  Vivía en mi cápsula, en mi burbuja, con mis ideas, pensamientos y sentimientos.  No recuerdo que me sintiera equivocada, vivía mi verdad.  Creía que tenía todo para ser feliz y que nada tenía que cambiar.  Así todo estaba bien y así me podría quedar “para siempre”.
Un día mi vida dio un vuelco total.  La vida me cogió de los pies, sin hacerme caer, me puso de cabeza y me meneó un poco (bueno bastante, en realidad) para que recordara que estaba viva y que no todo es como creemos y queremos.  La vida está para vivirla, disfrutarla y ser feliz.
Luego de este meneo y al lograr poner los pies otra vez en la tierra me quedé agobiada con lo que tenía delante, acojonada para ser más exactos.  Fue la primera vez en mi vida y que por instinto, paré, respiré, miré a mi alrededor y empecé a vivir paso a paso, poquito a poco.  Además encontré dentro de mí la fuerza que necesitaba para seguir adelante con lo que venía y con lo que llegaría más adelante.
Al darme el tiempo para observar y analizar mi alrededor, pude ver muchas cosas que antes nunca había visto y siempre estaban ahí.  Aprendí que el orgullo no me iba a llevar lejos.  Al contrario, no me llevaría a ninguna parte.  Me hacía ver todo más oscuro de lo que realmente era.  Existían tantas barreras en mi mente que eran tan fáciles de superar, simplemente aparcando el orgullo.  Así que aprendí (aunque a veces tengo que revisar la lección) que tengo que guardarlo en algún cajón por ahí (y tirar la llave) y así es más fácil afrontar mi vida  ¡Cuántas veces perdemos tantas oportunidades, amistades, experiencias por resguardarnos detrás de un orgullo tonto que a la larga (y a la corta) no nos sirve de nada ni nos ayuda en nada.  Descubrí nuevas personas, nuevos sentimientos.  Mi mochila personal empezó a perder peso.
Siempre recuerdo que RD, uno de los jefes de proyecto con los que trabajaba, pocos meses después que enviudé, vino a mi mesa, se sentó, respiró y me dijo “¿Cómo estás?”  Por mi parte, desde que lo vi llegar, inmediatamente pensé en el posible trabajo que podría tener pendiente con él y su proyecto, si tenía algo importante que comentarle o intentar adelantarme a lo que podía necesitar, así que mi respuesta rápida pero sincera fue: “Bien, estoy bien, gracias”.  El me miró y me dijo que le respondiera de verdad y añadió: “Hoy no he venido por trabajo.  Vengo sólo a ver cómo estás y a decirte que te escucho si quieres hablar”.  Yo le dije que de verdad estaba bien, ese día estaba bien, no le mentía.  Luego entendí realmente su pregunta y pensé si podría estar de otra manera que no sea bien.  Es verdad que era una etapa muy dura y difícil, pero, a pesar de la pena y mis sentimientos, tenía tantas otras cosas para estar bien.
Aprendí el valor real de preguntar (y responder) “¿Cómo estás?”  Parece tonto.  ¿Cuántas veces al día hacemos esta misma pregunta?  ¿Unas diez o veinte veces?  Quizá un poco menos, quizá algo más.  Depende el día seguramente.  ¿Cuántas veces respondemos “bien” cuándo nos lo preguntan?  Aprendí que a pesar de los problemas de hoy, tenemos salud, nuestra familia, amigos de verdad y tantas otras cosas por las que podemos decir que estamos bien y somos felices.  Una temporada después aprendí la lección e hice lo que RD hizo conmigo.  Me ponía delante (virtual o físicamente) y conociendo la importancia de preguntar “¿Cómo estás?” con el único interés real de saber cómo estaba esa persona, cómo le iba, se lo decía.  Tenía un amigo que la pregunta siempre era “¿Y tú cómo estás?  ¡Pero de verdad!”
Así también y como les conté más arriba, valoré que hay muchas cosas para ser feliz a pesar de lo que en este momento no sale como nosotros queremos o hemos soñado.
Y finalmente entendí el truco de esto de la felicidad.  Me di cuenta que no dependía de nada ni de nadie.  No tenía que ver con planear una excursión y que haya buen o mal tiempo.  No tenía que ver con que mis planes salgan como yo los había imaginado o quería.  No tenía que ver con quién esté a mi lado o si estoy sola.  ¡No!  Tenía que ver sólo conmigo, en realidad “conmigo misma”.  Tenía que ver con mi actitud, con la forma que quería tomar mi vida a partir de ese meneo.  Con mi propia decisión de ser feliz y sonreir.
Problemas tenemos todos.  En algunas épocas ni nos damos cuenta que los tenemos, en otras, parece que es lo único que tenemos.  Pero siempre tenemos tantas otras cosas y seguro muchas más por las que agradecer y ser feliz.
Sí, lloro y me desespero, por temporadas más que por otras.  El stress y la ansiedad me enferman o estoy enferma de stress y ansiedad, no sé quién llegó primero, el huevo o la gallina, cómo dicen.  Pero sobre todo en esta última temporada, que las cosas no van saliendo como lo imaginé o como quisiera, recuerdo que tengo mucho más motivos para ser feliz.  Reafirmo mi FE y mi teoría que todo llegará en el momento exacto, que no tengo que dejar de luchar y esforzarme por lo que quiero, pero que llegará cuando sea el momento.  Cierro los ojos y entonces empiezo a ver las cosas diferente y veo todo lo bueno que me pasa cada día y digo “hoy soy feliz”.

lunes, 27 de mayo de 2013

Viviendo de la ilusión


Ya lo dice la canción: “no se puede vivir del amor… las facturas no se pueden pagar con amor…”, pero y ¿de la ilusión?  ¿Podemos vivir de la ilusión?
Si miro hacia atrás me doy cuenta que hay momentos en mi vida que he tenido lo que necesitaba en ese momento para ser feliz: mi familia, salud, trabajo, gente especial a mi lado, las cosas materiales y no materiales que necesitaba para sentirme feliz y satisfecha en determinados momentos.
También veo que hay épocas en las que no me sentía completa y me iban faltando cosillas para sentirme feliz.  Ahora veo que durante esas temporadas viví del cuento, de la ilusión que eso que me faltaba llegaría en algún momento pero mientras tanto era feliz con la idea que ya podría estar cerca.
Espero recuerden una publicación de hace unos meses, en las que le hablaba de la “actitud navideña”.  Básicamente iba de que siendo las mismas personas que somos siempre, nos comportamos diferente y percibimos todo diferente, todo mejor, más bonito.  Tenemos más paciencia, somos más generosos, somos más pacientes, tolerantes, tenemos muchas más virtudes que durante el resto del año.  Pero,  si seguimos siendo las mismas personas, ¿qué será eso que nos hace parecer mejores personas?  Nada.  Simplemente la actitud con la que tomamos determinados momentos de la vida.
Entonces, volvamos al tema de vivir de la ilusión.  Para mí y en repetidas oportunidades ha sido eso, he vivido del cuento.  Por ejemplo, durante alguna etapa de mi vida que me ha tocado estar sola, en cuestión pareja,  tontear con alguien creyendo que sería una relación que podría funcionar, fue así como fui pasando el tiempo, con alegría y esperanza que la soledad me abandonaría en cualquier momento y que la persona adecuada llegaría finalmente a mi vida.  O cuántas veces decidimos buscar un trabajo, por ejemplo, y pasamos una temporada de entrevista en entrevista, con la ilusión que salga algo, mientras seguimos con lo que tenemos, o no tenemos según sea el caso, pasando el tiempo de la mejor manera y aunque suene repetitivo, con ilusión que algo puede pasar y hacernos cambiar el momento actual.  Como deseamos algo que realmente no conocemos, lo idealizamos y lo imaginamos perfecto.
Siempre he creído, cuestión de FE, que las cosas pasan en el momento exacto que tienen que pasar y tienen un sentido especial y específico.  Que obviamente nada ni nadie nos cae del cielo para solucionar nuestros problemas o darnos ese detalle que creemos nos falta para sentirnos felices y realizados, aunque sea temporalmente.  Siempre tenemos que luchar y esforzarnos por conseguir nuestras metas, por hacer que nuestros sueños se hagan realidad.  Pero en el camino hacia ese momento tenemos a la ilusión que nos llena de fuerzas y esperanzas para seguir cada día.
Por otro lado, tenemos las noches largas, eternas, oscuras.  Esos momentos en que nos sentimos tan solos, no vemos más esa luz que iluminaba nuestro camino hace tan sólo un momento, no vemos nada o lo que vemos es un círculo sin salida ni solución.  A esos momentos de oscuridad y desesperación, yo le llamo estado de desolación.
Durante este estado de desolación, es cuando siento que todo llegó a su fin, que ya no puedo hacer más para solucionar o conseguir aquello que me falta para tener lo que creo no tengo para ser feliz.  Es un estado de frustración, de agobio, de cansancio.  Cuántas veces hemos vivido y sobrevivido a esta etapa oscura, llena de dolor.  Pero cuántas veces (todas hasta ahora) hemos salido, recuperando nuestra ilusión y alegría por vivir.
Es verdad que en ninguna de las dos situaciones pasa nada que cambie realmente nuestra vida.  La ilusión es cuando vemos el vaso medio lleno y el estado de desolación es cuando lo vemos medio vacío.  Pero finalmente el vaso siempre tiene la misma cantidad de agua.  Simplemente es como lo vemos en  determinado momento y que fuerza nos transmite esa imagen para seguir luchando.
¿Qué es la felicidad?  Muchos dicen que la felicidad como tal no existe.  Que es el camino que vamos haciendo hasta alcanzar una meta.  Otros dicen que es un estado temporal en la vida en la que te sientes satisfecho con lo que tienes en ese momento.
¿Qué es la felicidad para mí?  Es amanecer cada día.  El abrazo y beso de buenos días de los míos, compartir un desayuno y hablar de cómo dormimos, salir, tener un trabajo que me permita vivir dignamente y dar a mi familia lo que necesitan.  Que pase el día lleno de amor, alegría disfrutándonos los unos a los otros y tener la esperanza que el día siguiente será mejor, porque siempre puede ser mejor, según como lo miremos.
Deseo a todos vivir del cuento, de la ilusión que las cosas siempre serán mejor, viendo siempre el vaso medio lleno, por más oscura que sea noche.

jueves, 2 de mayo de 2013

Lista de regalos


Hace unos días mi mami me hizo una pregunta, que a primera vista sería súper fácil de responder: “July, dime ¿Qué quieres de regalo de cumpleaños?  Dame una lista para ir viendo que te regalamos.”  ¿Quién no tiene una listita mental de cosillas que quisiera que le regalen?  Así, rápidamente es una pregunta sencilla, de esas que no tienes que pensar la respuesta.  Ahora mismo, estoy segura que más de uno se ha detenido a pensar que respondería si le hicieran esa misma pregunta.  Obvio que estamos hablando de regalos normales, que para los sueños, en plan “yo quisiera” pues eso son, sueños y llegarán cuando tengan que llegar, por ahora aterrizamos y volvemos al mundo real.
Ya pasaron varios días y aún sigo pensando que pondría en mi lista.  Sí, sí, es fácil.  Puedo empezar por algo de ropa, zapatos, algún perfume, que nunca caen mal, o mejor dicho, siempre caen bien.  Aunque también podríamos añadir algún abalorio para ir adelantando la pulserita esa o algún complemento.  Sí, sí, tampoco estaría mal.  Es que en general, hay tantas cosas que quizá ahora mismo no tengo en mente, pero realmente me caerían bien y sobre todo me harían muy feliz.  Y es que, como escuché decir a una señora, que estaba delante de mí en una tienda en la época de Navidad “Es que yo soy bien agradecida, todo me va bien.  Me alegro mucho con recibir un regalo y sea como sea intento darle uso y disfrutarlo”, pues eso mismo, yo también.
Y volviendo al tema.  Estuve pensando que podía querer o necesitar ahora para ser un poco más feliz.  Ya, claro, es diferente lo que uno puede “querer” de lo que uno puede “necesitar”.  Quizá lo que pueda “querer” es un poco más banal, más antojo, más mundano, quizá un capricho.  Y lo que pueda necesitar, pues bueno, es eso, necesidades más que otra cosa.
La verdad es que mi primera respuesta rápida, acompañada de un suspiro, iba a ser algo así como “lo que me gustaría de regalo para este año no lo venden en ningún lugar y creo que tampoco hay dinero que lo pueda pagar”.  Y es que lo que quiero es una familia feliz, salud, tener un trabajo que me permita vivir dignamente mientras me desarrollo personal y profesionalmente y que me dé el dinero suficiente (no riquezas) para vivir con tranquilidad.
Entonces, ahora pienso que gran parte de esas cosas ya las tengo.  Y lo que no tengo ahora tampoco es algo que yo pueda controlar.  Lo que falta llegará con fe, esperanza e ilusión en que las cosas recuperarán su ritmo y fluidez en cualquier momento, que la estabilidad y tranquilidad volverán.
Así que, como ya viene mi día y es como mi año nuevo personal, lo tomaré como un nuevo comienzo.  No tengo planeado ningún cambio importante, simplemente reforzar la fe y la ilusión y tener una mejor actitud ante la vida para afrontar de la mejor manera lo que me toca vivir hoy.  Sé que el mañana será diferente, será mejor.  Esta etapa (que se va haciendo larga) ya pasará.
Y sobre la lista, pues nada, estoy como al inicio, empezaré a pensar otra vez a ver que puedo querer, eso querer, algún gustito, algún caprichito.  Tengo claro lo que necesito y lo que tengo y ahora mismo soy feliz.