lunes, 15 de septiembre de 2014

La vecina de mis padres




Mis padres viven en la misma comunidad que nosotros, sólo que dos plantas por debajo, como se dice: juntos pero no revueltos.  Los primeros meses que hemos vivido en España también ocupamos ese piso y conocimos a los vecinos del rellano.  Son una pareja mayor, sobre los ochenta años y viven solos.
Cuando me encontraba con Marisa, siempre me preguntaba si era nueva en el edificio, en qué piso vivía y desde cuándo, porque ella no me conocía.  Siempre le explicaba y respondía que era su vecina y luego le contaba que ya me había mudado y vivía en la misma torre pero en otra planta.  Esa era nuestra única conversación cada vez que nos encontrábamos en el ascensor.  Un día coincidí con su marido, Félix, y él me comentó que a su mujer se le olvidaban las cosas y me explicó que por eso siempre me preguntaba lo mismo.  A partir de ese día entendí lo que le pasaba y decidí responderle como si siempre fuese la primera vez que nos veíamos.  Han ido pasando los años y esta escena se ha repetido muchas veces, aunque ya se va acordando más cosas, ya me reconoce y hace preguntas más generales sobre mí y mi familia.
Los últimos años han sido diferentes, cuando noto que Marisa me reconoce, la he visto varias veces en la calle, con la mirada perdida, sin saber hacia dónde ir.  Llevaba el bolso como una cometa al viento, iba de derecha a izquierda y luego regresaba, sin rumbo.  Otras veces, en pleno invierno, estaba en la calle con su bata y zapatos de estar por casa.  Se justificaba diciendo que sólo iba a comprar el pan y regresaba a casa, porque sus hijos estaban por llegar.  Alguna vez sus hijos la han encontrado fuera.  Desde que he sabido que se dispersa y olvida las cosas, he empezado a tener más paciencia y cuando la veo desorientada por la calle, intento hablar con ella y ayudarla a volver a casa.
Mis padres me comentaron alguna vez que Marisa les tocó la puerta, una vez estaba fuera de sí culpando a su marido.  Ellos la dejaron pasar a casa y estuvieron conversando con ella hasta que se tranquilizó.
Hace unas semanas, estaba en la casa de mis padres y, al abrir la puerta a mi marido que llegaba, me di cuenta que Marisa estaba en el rellano fuera de sí.  Gritaba hacia dentro, no se veía a quién le hablaba, pero sólo entendí que decía que se iría.  Recordé la escena que mis padres me habían contado y me acerqué a ella para preguntarle cómo estaba.  Cuando giró su cara hacia mí, le vi esa mirada perdida al borde de las lágrimas.  Me quedé unos minutos con ella en la puerta y me cogió muy fuerte del brazo, me hizo entrar a su casa.  Era imposible soltarme el brazo.  La vi tan afligida que decidí quedarme ahí un momento hasta que se tranquilizó.  Por un momento me quedé pensando que dejé abierta la puerta de casa de mis padres y que no avisé a nadie.
Félix se sentó con nosotras en el salón.  No decía nada, escuchaba en silencio lo que Marisa me contaba.  Ella narraba toda su vida, desde que conoció a Félix, se casó, sobre sus hijos.  Al pobre marido lo hacía quedar muy mal, diciendo que era una mala persona, hablaba de maltrato, lloraba sin poder encontrar consuelo en su corazón, quería encontrar un trabajo para poder independizarse, pero que a sus ochentidos años lo veía difícil.  De pronto me di cuenta que su historia llegaba a cierto punto y volvía a empezar.  La tercera o cuarta vez que me la repitió, empecé a hacerle preguntas sobre sus hijos, cuál era el mayor, sus profesiones, los nietos y lo que se me iba ocurriendo sobre la marcha, intentado alejar de su cabeza esa historia que le estaba haciendo tanto daño.  Para poder responder alguna de mis preguntas su mirada cambiaba, me explicaba que a veces se olvidaba de algunos detalles y pedía a su marido que respondiera.  Él ya había llamado a sus hijos, a ver cuál podría venir y darle una mano con la situación.
No sé cuánto tiempo pasó, pero de pronto sonó el timbre, era mi marido que quería saber si estaba ahí y si todo iba bien.  Yo aún me quedé.
Marisa seguía repitiendo su historia.  En algunos momentos, Félix, ya incómodo y desesperado, pero muy educado, interrumpía diciendo que era mentira.  Su historia era cada vez más larga y conforme hablaba de sus hijos y nietos su corazón dejaba de sufrir un poco.
Llegó uno de sus cuatro hijos y pocos minutos después me despedí para salir.  Félix me acompañó hasta la puerta e intentando explicar la situación me aclaró que Marisa sufre de Alzheimer y que lo que decía.  Yo lo interrumpí.  No necesitaba que se disculpe o explique.  Sólo le dije que no tenía que preocuparse, que entendía lo que pasaba y que no había prestado atención a lo que decía y que todo estaba bien.
Siempre escuchamos hablar tanto del Alzheimer.  Una enfermedad que no se nota, no te estropea el cuerpo, pero que poco a poco se va llevando tu vida, la va borrando y va confundiendo los recuerdos.  Como toda enfermedad, no sólo la sufre el paciente, si no también la familia y a veces algún vecino.
Nunca había estado tan cerca.  Me hizo pensar en lo frágil que es nuestra mente.

martes, 9 de septiembre de 2014

El nuevo pasado


¡Qué bien reunirte con viejos amigos!  Recordar es volver a vivir.

Después de mucha organización e ilusión, te preparas a volver a ver a esa persona de tu pasado, algún compañero del colegio o del barrio.  Cuando ya están juntos, no dejas de hablar de esa etapa de la vida en la que coincidieron.  Empiezas a ponerte al día como si no hubiera pasado el tiempo.  Sigues recordando, vas preguntando por los padres y hermanos: ¿cómo van?, ¿a qué se dedican?, ¿cómo los ha tratado la vida?  Hay tanto que comentar, tantos temas pendientes.  Hablas y hablas, cada tema se relaciona con otro y te sirve para enlazar una cosa con otra y así te pasas horas y horas.  Lo estás disfrutando tanto, que es como si fuese ayer, lo estás viviendo otra vez.

Vamos comentando como ha ido la vida de cada uno durante los años que no se frecuentaron, como, con esfuerzo y dedicación, pudieron superar las dificultades, como aprovecharon las oportunidades que la vida les puso delante y hoy están donde están.  También comentar que la vida ha sido complicada y, aunque tuvieron una infancia acomodada, hoy la situación es más dura.  En fin, van comentando en lo que los ha cambiado la vida de cada uno y como han madurado y superado los obstáculos.  Siempre, sea como sea, todo se cuenta con orgullo y mucha dignidad.

Cuando te toca hablar, vas contando.  Recuerdas tu infancia, respondes a cada pregunta con la mayor sinceridad posible, comentas todo con mucha veracidad, ¡si se conocen de toda la vida!

Pero, de pronto, empiezas a escuchar cosas de su pasado que no encajan con la versión que tú tienes. Aunque no sabes todo, sabes mucho y vas recordando peculiaridades de esa persona y de su familia y así no era la historia.  Te preguntas qué ha pasado, en qué momento cambió todo.  No pasa nada, piensas, igual te distrajiste un momento y perdiste el hilo de la historia.  Crees que luego se aclarará todo.  Pero sigue transcurriendo la conversación y la historia sigue cambiando.  Tu amigo de toda la vida te empieza a contar cosas que, a ti te constan, fueron diferentes.

Te desconectas de la historia de su nuevo pasado y recuerdas historias similares que con el tiempo han ido cambiando.  Este era un próspero empresario, que procedía de una familia acomodada.  Su padre fue un honorable profesor y su madre era una respetada ama de casa.  Vivió con las comodidades suficientes, sin mayores lujos, pero sin carencias.  Hoy cuando cuenta su historia y como creó su imperio dice: “Yo, que era una ‘pata en el suelo’ me hice solo, con mucho esfuerzo y hoy tengo esta casa y otra en la playa y todo esto, por mí mismo…”  Lo que tú sabías es que sus padres le dieron estudios y formación y siempre lo apoyaron en sus proyectos.  Es verdad que la empresa y lo demás lo pudo conseguir con su trabajo, pero sin la formación y apoyo, ¿lo hubiera conseguido?  Cada uno tiene su propia versión de su pasado.

Te mantienes distraído un rato más y recuerdas otras historias similares de aquellas personas que durante su infancia sí que tuvieron comodidades, pero por las vueltas que da la vida, hoy están viviendo una época más difícil y con algunas carencias.  Cuentan que en su vida pasada tuvieron dinero, pero que su situación actual se debe a las desgracias que han padecido por una mala asociación empresarial o inadecuadas inversiones o cosas así.  Y luego están aquellos que tenían una infancia humilde y, de pronto, pudieron disfrutar de una riqueza inexplicable, pero tan inexplicable que ahora mismo y ante una pregunta directa tampoco pueden responder.

Finalmente entiendes lo que es obvio, esa persona que creías conocer de toda la vida, ha tenido una niñez que no conocías.  Esa persona, con su nueva historia ya es otra, no aquella que conocías de toda la vida.


Hay muchas cosas con las que se puede tener tolerancia y cada persona a cosas diferentes, pero pillar a alguien en la mentira es complicado.  Si la confianza se pierde, se pierde todo.  Luego te preguntarás, ¿sobre qué más habrá mentido?





miércoles, 3 de septiembre de 2014

El don

Una tarde cualquiera apareció mi hija pequeña con unas alas y una varita mágica.  Le pregunté qué estaba haciendo y me respondió que había descubierto que tenía poderes y que con su varita podía hacer magia y siguió por toda la casa dando brinquitos.
La vi tan segura, se creía eso de que tenía poderes y que con su varita podía hacer magia, que me di cuenta que tenía razón.  Lo importante es creernos que somos capaces de hacer las cosas y seguir adelante.


Tengo la certeza que todos tenemos un don.  Tenemos que trabajar mucho para identificarlo, para aprender a usarlo y, sobre todo, para disfrutarlo.  Cada uno de nosotros tenemos ese regalo divino que nos hace diferentes.  Están los que escuchan mejor, los que dan los consejos exactos, los que son la mejor compañía, los que saben callar y tantas otras características que nos hacen ser especiales.

Si todos creemos que tenemos un don y que con él podemos hacer que las cosas sean mejores, ¿por qué no hacerlo?


Descubre tu don y disfrútalo.



viernes, 29 de agosto de 2014

Calidad de vida


Estando en la casa de la playa, a la que vamos todos los años, yo estaba desayunando tranquilamente en la terraza.  Había pensado que estos días de vacaciones no los podía desperdiciar pasando el rato bajo techo, como todo el resto del año.  Tenía que aprovechar y estaba sentada, de día o de noche, al aire libre, bajo el cielo cambiando por completo mi rutina, que lo más “bajo el cielo” que me ofrece es mi balcón de un metro de ancho.

De pronto vi pasar a Juan, el vecino de atrás que se encarga del mantenimiento y la jardinería.  Es un hombre amable, muy conversador, que vive todo el año en este pueblo de playa.  Pasó por el lateral de la casa, que está en la esquina, y se iba a pasear al perro.  Al girar frente a la casa, el vecino de enfrente, un señor mayor, ya jubilado y muy educado, le reclamó sutilmente que había que cortar las plantas que caen sobre el exterior del muro porque luego cuesta limpiar la acera de tres metros que separa nuestras casas.

Yo, que seguía desayunando tranquilamente, disfrutando del silencio de las nueve de la mañana en vacaciones, me quedé callada, incómoda porque el vecino estaba barriendo mi lado de la acera de las plantas caídas y reclamando al otro y todo por la casa en la que yo estaba alojada ya hacía unos días.  Juan le respondió rápidamente: “¡Sí, sí! Justamente hoy lo haré cuando los inquilinos se vayan a la playa.”  Yo me quedé aún más silenciosa, pero cuando pasó otra vez por el lateral, que tiene un muro muy bajo, me vio sentada y entendió que había escuchado toda la conversación.  Me miró sorprendido y me preguntó a qué hora nos iríamos a la playa para pasar y cortar un poco las plantas.  Le dije que yo esperaba a que mi familia se despertara, pero que suponía que sobre las once o doce.

Seguí sentada, disfrutando de mi desayuno y tranquilidad del tiempo que tenía para mí.  Me di cuenta que esos momentos sólo los puedo tener si me levanto pronto por la mañana, porque el resto del día me resulta imposible.  Al cabo de un rato, regresó con sus herramientas y empezó a cortar las plantas por fuera, sin cruzar palabra, aunque como habla solo y se hace notar, yo sabía que estaba.  Le sugerí, que si quería, ya podía entrar, tarde o temprano lo haría.
Mientras iba cortando las plantas, me empecé a sentir incómoda de estar tan tranquila y relajada mientras él trabajaba.  Empecé a comentarle lo bien cuidadas que tiene las plantas, que había encontrado plantas aromáticas, que la albahaca estaba increíble y que para cosechar pimientos sólo tenía que esperar que estuvieran rojos, porque ya tenían un buen tamaño.  Él me iba contando cuándo y por qué las había sembrado, comentamos de su planta de guindillas y del pobre limonero que estaba siendo invadido por una de esas enredaderas de flores lilas que sólo se abren por la mañana.  Durante la conversación, apareció mi marido y ya dejé lo que estaba haciendo y me dispuse, escoba en mano a ir recogiendo lo caído.  Mi momento ya había terminado, hacia un rato, por ese día.

Además de cortar las plantas que caían por fuera del muro, aprovechó su tijera grande y empezó a cortar también las plantas de otra vecina que entraban dentro de casa.  Comentaba que para final del verano pasaría con la sierra eléctrica marcando los límites.  Finalmente sacó tres carretillas de maleza.

Mientras iba trabajando en la planta de la vecina, escuché una voz que se acercaba a mi puerta y decía. “¡Eh Juan, no te roban porque tienes perros!”  Rápidamente se bajó de su escalera, miró a la mujer y preguntó quién le había robado.  Ella, riendo, le dijo que nadie, pero que se había dejado la casa abierta y ella al pasar lo llamó pero sólo salieron los perros.  Comentaron algo de algún otro vecino más que no pude entender.  Juan nos presentó como “los inquilinos” y a ella como “la otra vecina de atrás”.  Finalmente, no me quedó claro, si algún día necesito un poquito de sal, cuál es su casa.

Ella parecía una mujer muy alegre, de unos sesenticinco años.  Me contó que ella también vivía aquí todo el año, recalcaba que vivir en la playa es un lujo.  Y continuó, durante todo el año sólo escuchas a los pájaros, puedes andar tranquilamente por donde quieras y hay suficiente sitio para aparcar.  Y reafirmando su teoría seguía, no estás en medio de todo, pero si quieres ver gente vas al paseo marítimo y los tienes ahí y si más aún, te apetece un poco de ciudad, en sólo veinticinco minutos estás en Cartagena y ya tienes de todo.  Y luego continuó diciendo, pero en julio y agosto todo es imposible.  Además del calor, hay tanta gente de fuera, sólo se escuchan voces, ruidos y música, llegas a tu casa en coche y no tienes donde aparcar.

Y siguió contando que, no importaba todo esto, sólo son dos meses al año.  Y la mujer con una sonrisa que no entraba en su cara concluyó: esto es calidad de vida.

domingo, 24 de agosto de 2014

El vecino

En mi comunidad somos muchos vecinos.  En el mismo portal hay dos torres, la de la derecha y la de la izquierda.  Cada torre tiene diecinueve plantas de altura.  En total seremos unas setenta familias más o menos.  Nosotros somos inquilinos, así que no participamos en las reuniones de propietarios y no tenemos muchas posibilidades de conocer a los demás pero, después de vivir en esta comunidad casi nueve años, ya vamos conociendo y reconociendo a los vecinos de nuestra torre.  La mayoría son familias, pero hay muchas personas mayores que siempre cuentan de cuando compraron los pisos en planos y vinieron a vivir aquí, y no había nada alrededor.

Entre todo este gentío vive un hombre de unos cincuenta años; el hombre es bastante raro.  Más o menos mide un metro ochenta, pero debe pesar sólo unos cincuenta a sesenta kilos.  Tiene la tez blanca y pelo negro que, con los años, se ha empezado a poner canoso.  Coincidir con él en el ascensor es una experiencia desagradable.  Cuando vinimos a vivir aquí intentábamos ser respetuosos: saludar siempre, sonreír y cuidar los pequeños detalles.  Pero con este señor, que siempre está muy callado, con la cabeza gacha, como buscando monedas por el suelo, que decía mi abuelo, es muy difícil.  La experiencia es desagradable porque olía mal, pero no por falta de higiene.  Este hombre, al parecer, fuma muchísimo.  Tiene las puntas de los dedos amarrillentas de apurar el cigarrillo hasta el final, de dar la última calada para que cunda más.  Siempre está fumando, incluso dentro de la comunidad.  Hace varios años pusieron unas pegatinas o stickers en las puertas de los ascensores, en las que se indicaba que estaba prohibido fumar.  Ahora, mientras espera en el rellano, tiene el cigarrillo encendido y va fumando tranquilamente, al llegar el ascensor lo apaga con mucha delicadeza y lo guarda.  Imagino que ya en casa lo encenderá otra vez.

Siempre me he preguntado a que se dedica, si trabaja o tiene alguna pensión para poder vivir y mantenerse dignamente.  Al parecer no tiene ningún horario claro, porque a cualquier hora lo puedes ver subir o bajar, o lo puedes encontrar sentado en el banco del parque, frente al portal, siempre con un cigarrillo en la mano.

Quisiera conocer sus pensamientos, conocer mejor su vida para entender que lo ha llevado a este punto.  No me refiero al hecho de que fume tanto, me refiero a que siempre esté solo, a su apariencia, aunque limpia y desgastada, a su soledad.  Me gustaría poder entender su silencio.


Hace varios meses va siempre acompañado por una mujer que, como él, lleva un cigarrillo en la mano, que también tiene esa mirada perdida; de tristeza que duele solo verla.