domingo, 5 de agosto de 2012

Y ya van doce

Antes pensaba que los años no pasaban por mí ni para mí.  Que tenía más edad pero que no era mayor, que seguía siendo la “chica de siempre”.  No es porque me quite la edad, al contrario, siempre la he aceptado diciendo además que son xx años bien vividos y disfrutados.  Pero en el fondo sentía que seguía siendo la chiquilla de siempre.
Cuando uno tiene hijos, o según mi experiencia, es cuando realmente tomé consciencia que los años sí que pasan. Vamos contando y celebrando cada año de nuestros hijos como si fuese el mega evento del año.  Yo aprovechaba también y celebro para mí misma que es un año más que soy madre y lo que en el último año he logrado y conseguido y las cosas que han salido bien.
Hace un par de días ha sido cumpleaños de Alberto y ya ha cumplido 12 años que como dicen aquí “se dicen pronto pero son D O C E años”.
Entonces si ahora cerramos los ojos e intentamos retroceder doce años, intentamos recordar que hacíamos, cuáles eran nuestros planes, nuestra vida ¿Qué veríamos?
Yo me veo con ocho meses de embarazo.  Con la cesárea planificada para la mitad de agosto, así que todavía trabajando las últimas semanas.  Los días previos fueron Fiestas Patrias Peruanas (28-29 de Julio) y coincidió con un fin de semana largo.  Lo pasé un poco asustada y en silencio, para no preocupar a nadie, pues había empezado a sentir contracciones.  Intenté no moverme ni hacer mayores esfuerzos, pero tuve que regresar al trabajo y así estuve un par de días, intentando no dar mayor importancia a las contracciones.  Hasta que durante una mañana, la del día 2, ya eran muchas, así que cogí un reloj que tenía en mi mesa y me iba anotando cada una.  Eran cada 20-30 minutos, así que recordando las películas, pensé que todavía había tiempo suficiente.
A la hora de comer Moni, mi amiga, compañera y futura madrina (porque ya había aceptado ser la madrina de Alberto) me sugirió llamar al ginecólogo a ver que decía.  Claro él a escuchar me dijo me tomara una pastilla contra las contracciones que me había dado unas semanas antes y que pase por la tarde por su consulta para ver que tal iba todo.  Mientras hablaba con él, rebusqué en mi bolso y me tomé rápidamente la pastilla.  Durante la comida no podía más con las taquicardias y temblores en las manos.  Sentía como si mi mano no podría aguantar el largo camino entre el plato y mi boca y sobre todo hacer que la comida quede dentro.
Terminó la jornada laboral y acompañada de mis papás me fui al ginecólogo.  Me revisó y me comenta con su voz que me transmitía siempre mucha paz “el tiempo ha llegado, este bebe quiere nacer ya”.  Lo escuché pero no entendía sus palabras.  El momento del cambio había llegado, al día siguiente, a las 2 de la tarde programarían la cesárea.  Me estaba dando las recomendaciones para ingresarme y que al día siguiente harían la cesárea (que no tengo claro hasta ahora cual fue el motivo, pero pienso que para mí en ese momento fue lo mejor).
Pero esa noche no podía ser, yo no me podía ingresar todavía, tenía una cena, en mi casa y mis invitados que venían desde Madrid seguramente ya estaban en camino y no tenía como avisarles.  Nunca olvidaré su cara de “¿Tienes una cena?”.  Luego le expliqué la situación, que eran unos tíos que viven en Madrid y que por la hora que habíamos quedado, seguramente ya estaban en camino a mi casa (lo que significaba que yo tenía que apurarme además) y que al no vivir aquí no tenía un móvil o celular para contactarlos y anular la cena.  Además le insistía que de todas maneras tenía que ir a mi casa a preparar “la mochila” y cerrar bien mi casa.  Creo que le insistí tanto que lo convencí o simplemente me dejó ser.  Intercambiamos recetas posibles para la cena y llegamos a un acuerdo de la cena, bebida y regreso a la clínica ya lista y preparada.
Durante la cena, cumplí mi parte del acuerdo y cuando terminamos de cenar, preparé mis cosas, cerré mi casa y rumbo al hospital otra vez.  Me quería tener ingresada ya porque las pastillas para las contracciones que me dio, dijo, eran las más suaves y con menos efectos secundarios (taquicardias y temblores) y que si las contracciones se repetían, no tenía otra pastilla que darme y mejor si estaba en el hospital para que rápidamente me puedan revisar y controlar.
Ingresé al hospital tranquilamente, me asignaron mi habitación y a descansar que era como media noche.
Al día siguiente la voz ya se había corrido, Alberto nacería a las dos de la tarde.  La familia y amigos fueron llegando al hospital, las horas iban pasando.  Intentaba controlar mi miedo, emoción, alegría, pánico y demás sentimientos propios del momento.  Pero las horas seguían pasando y la operación se iba posponiendo.  Al final sólo recuerdo que cuando me sacaron del cuarto para ir a la sala de operaciones vi a mucha, mucha, muchísima gente.
Póngase usted de lado, en una camilla de 40 centímetros para ponerle la epidural, me dijo el anestesista.  Y yo le respondo con una inocencia de primer embarazo “pero si no entro”.  Nada a ponerse de lado y esperar con tranquilidad.  La operación fue rápida.  Mi médico bromeando con los demás que estaban ahí, haciendo bromas a los residentes de pediatría porque el pediatra no estaba claro, escuchando música alegre, imagino para relajarse y de pronto cuando no sabes en qué momento pasará qué ¡Sorpresa!  Ya ha nacido.  Tomando nota, hora de nacimiento 16.53 horas del 3 de agosto del 2000.
Al salir de la sala de operaciones recuerdo haber visto mucho más gente que cuando entré.  Las salas de espera estaban llenas, más parecía una boda que un nacimiento.   Hasta ahora lo recuerdo con muchísimo cariño.  Un agradecimiento especial a todos y cada uno que al enterarse del nacimiento se dieron el tiempo de ir a la clínica a ver a Alberto recién nacido.
Pues ese día, el 3 de agosto, a esa hora, las 16.53 horas mi vida cambió.  No llegó según lo habíamos planificado para la cesárea.  El eligió su día 3-8-2000 que para los que recuerdan publicaciones anteriores, si sumas estos números también te da 13 y es que, no estamos solos, siempre nos cuidan y nos guían.
Desde ese día, además de ser mi hijo, mi primer hijo, fue mi motor, la gasolina diaria que necesité y necesito para seguir adelante, para esforzarme por ser una buena madre, pero sobre todo la que mis hijos necesitan.
Este año me resulta especial porque como se está haciendo mayor, ya ha terminado primaria.  En septiembre empezará secundaria o el instituto y siento que es un gran cambio para él, un paso más y seguimos avanzando y para todos porque ya no será el hijo pequeño, que aún va a primaria, yo lo siento como que tengo que aceptar que va creciendo, que se va haciendo mayor, que ahora tiene nuevas necesidades y que tengo que encontrar la forma para adaptarme a él y no perder ese vínculo tan fuete que tenemos basado en la comunicación y confianza.
Sé que es duro crecer, sobre todo por los cambios.  Aquí irá a otro colegio, ya dejó el colegio de primaría e irá al colegio de mayores.  Ha dejado de ser el mayor del colegio y pasará a ser el pequeño del colegio otra vez.  Ese cambio se siente.
Esta vez, este blog va dedicado a él, a Alberto, deseándole toda la felicidad del mundo, que no es fácil, pero se puede ir teniendo un poquito cada día a base de esfuerzo y de querer ver las cosas de otra manera, de la manera que nos hace sentirnos felices con nosotros mismos y con nuestro entorno.  Hace unas noches conversamos mucho sobre “crecer” y pudimos resumir al final de todo que lo importante es no dejar de ser quien uno es en realidad.  No olvidarse de lo que uno quiere para uno mismo y para su vida y tomar las decisiones, aunque parezcan tontas, pensando en lo que queremos, porque toda decisión trae al final una consecuencia.
¡Feliz 12º cumpleaños Alberto, que seas muy feliz cada día de tu vida!


miércoles, 1 de agosto de 2012

Nos fuimos de boda

Cuando nos enteramos que nos invitan a una boda, tenemos dos posibles pensamientos o sentimientos.  Uno sería de felicidad porque la boda es de alguien especial y nos apetece mucho compartir ese día tan especial.  El otro sentimiento posiblemente es de compromiso, cuando tenemos que pensar si ir o no, pero basando la decisión en el compromiso por cumplir, más que un deseo profundo por participar.  Seamos sinceros, es así.

Si más o menos me van siguiendo recordarán que en una publicación anterior les contaba que había descubierto un nuevo truco que no me duelan los pies cuando tenía que usar tacones y como en julio tuvimos una boda puede probar y aplicar mi nuevo truquillo y funcionó.

También recordarán de alguna publicación anterior de una familia muy especial con la que hace unos meses tuvimos una comida familiar y pasar esa tarde con todos ellos me hizo retroceder muchísimos años y recordar mi niñez.

Cuando me enteré de la noticia que uno de ellos se casaba en Madrid, aunque los novios viven en Lima, me sentí feliz de tener la posibilidad de poder compartir ese día tan especial para los novios y toda la familia.  Podemos decir que de los dos posibles sentimientos que les propongo líneas arriba, en esta ocasión mis sentimientos y pensamientos fueron los de felicidad y alegría.

Los días previos a la boda fueron una locura.  Tener el vestido listo me costó casi una hora y media cada día durante la última semana para que la costurera me lo pueda tener listo, aunque se lo había llevado con 3 semanas de anticipación. Ver que todos tengamos las ropa necesaria, preparar la maleta para quedarnos esa noche en Madrid y esperar  no olvidarnos de nada.  Pero, finalmente llegó el día y nos preparamos para ir a Madrid, previa visita a la peluquería para ya estar peinada, con el moño hecho.

Llegamos al lugar donde sería la fiesta y donde nos quedaríamos a dormir.  ¡Oh! ¡Qué lindo lugar!  Todo se ve tan perfecto, tan lindo, con tanto gusto.  Cuando llegó la hora nos preparamos para subir a la gruta donde sería la ceremonia.  El lugar me dejó impresionada, sin palabras.  Un lugar soñado para casarse, para celebrar un momento tan especial.  Te transmitía una paz, una tranquilidad.  Por un momento te alejaba de la realidad y te acercaba a lo más sagrado y espiritual.
El novio muy elegante iba recibiendo a los invitados.  No lo podía creer, ya era “novio”, aquel niño (porque es más pequeño que yo) con el que yo jugaba hace muchísimos años y luego le daba clases de alemán por las tardes.  Nunca olvidaré un día que no se concentraba en la clase y me comentó “July, es que hoy estoy seco.  He tenido educación física al sol y estoy seco”.

A la hora exacta apareció la novia. ¡Radiante!  Guapísima y con una elegancia y sobriedad que era de admirar.  Ya lo digo, los novios radiantes, guapísimos.  Toda la ceremonia fue tan familiar, tan cercana que te hacía sentir diferente, sentir todo tan íntimo, tan especial.  Todo esto sucede cuando coinciden en un  momento buena gente, un lugar especial, un momento especial y un estado de ánimo personal para vivirlo todo de esa manera tan especial que la vida te está ofreciendo.

Luego de la ceremonia regresamos al hotel para la celebración.  Todo lindo, rico, realmente muy especial.  Conversé, bailé y reí mucho.  Miraba al resto de invitados, que no éramos muchos, quizá faltaba alguna persona especial para los novios, no lo sé, pero viendo a los que estábamos que éramos los padres del novio que viven en Madrid, la familia de la novia que vinieron desde Lima, los hermanos de Suiza, el hermano y su familia de Alemania, los tíos y primas desde Francia, la prima de EE.UU., los otros tíos de Holanda, , los amigos del colegio (de Lima) que viven en Europa, nosotros y alguna otra persona que se me puede haber pasado.  Conversando con tantas personas, todos con los mismos sentimientos de alegría y felicidad, con los mismos deseos de felicidad a los novios, todos en el mismo lugar, pero desde tantos sitios diferentes.
De pronto me veía conversando con quien no veía hace mucho tiempo, otros que recién conocía, pero que era como si los conociera de antes, hablando del mundo, de otros países, de otras vidas.  De pronto olvidas un poco tus problemas, sueñas otra vez con la posibilidad que las cosas pueden ir mejor.  Tomas consciencia que el mundo no es tan grande como parece.  Muchos peruanos que veníamos todos de lugares tan diferentes del mundo, reunidos en Madrid para una boda.

Así como les contaba en la última publicación, veo lo que pasa a mi alrededor con atención, viendo que puedo aprender de las experiencias de otras personas y como las puedo aplicar en mi vida personal y familiar para intentar hacerlo mejor.  En este caso fue igual.  Vi tanta unión entre los hermanos, entre la familia en general y claro, empiezas a analizar tu familia, tu entorno y que tú quieres para eso.  Veía y sentía tanta felicidad (más que alegría) que era contagiosa, dando saltos, conversando, compartiendo que luego pensé que para hacer algo importante en tu vida no necesitas estar rodeado de muchísima gente para que parezcas más popular o querido, no necesitas grandes y aparatosas fiestas.  Sólo necesitas rodearte de personas especiales, compartir tu momento con ellos y todo lo demás fluirá, serás feliz y tu momento será inolvidable para ti y los tuyos.

No pude dejar de pensar que para nosotros sigue pendiente el matrimonio religioso, que no lo hicimos en su momento por excusas que hoy mismo ya no vienen al caso, pues en ningún momento fue por no querer.  Toda esta alegría mee hizo pensar que para celebrarlo sólo tenemos que decidirnos, rodearnos de nuestras personas especiales y decidir ser felices.

Porque es así, está en nuestras manos ser felices, sólo tenemos que tener la valentía de decidirlo y empezar a luchar cada día por alcanzar nuestra felicidad.

¡Seamos felices, ahora!

miércoles, 18 de julio de 2012

Por fin es Julio!

Uf! Junio!  Por fin ha terminado.  Pero que agotador, arrollador ha sido este mes.  Han pasado tantas cosas que parece que ha durado más de 30 días.  Ha sido una etapa de sentimientos encontrados, de satisfacción y de impotencia, de justicia y de injusticia, de paz y esperanza, vehemencia y deseo que el tiempo se detenga ya…
No he abandonado el blog ni tampoco he encontrado “mejores” cosas que hacer o para dedicar mi tiempo.  Lo que ha pasado, como les decía, Junio ha sido un mes muy duro emocionalmente o quizá podríamos decir muy intenso.
No se ha pasado rápido, al contrario ha pasado cada día lentamente con sus 24 horas, una a una para que no pueda quedar detalle sin ver de todo lo que había y tenía que aprender esta vez.
Durante este mes he intentado escribir alguna publicación más, pero realmente me resultaba imposible expresas mis sentimientos y pensamientos de manera ordenada y organizada si en mi cabeza y en mi corazón tampoco había paz ni equilibrio.
Empezaba redactando unas pocas líneas y luego todo se enredaba y confundía en mi cabeza de tal manera que no sabía cómo seguir.  No me era posible expresar con claridad lo que quería transmitir.  
Lo intenté unas cuatro veces.  Fueron cuatro intentos frustrados, pero finalmente tuve que aceptar que así como en otros momentos todo fluye a una velocidad asombrosa, hay otros momentos que es mejor no forzar más el sistema y tener paciencia a pesar del sentimiento de frustración.  Me ayudó pensar que esta etapa pasaría y que en algún momento volverían a fluir las letras, palabras, sentimientos, pensamientos, experiencias…
Como siempre digo, tenemos que aprovechar las experiencias de otros para ir aprendiendo para nuestra propia vida.
Este mes ha sido como un cursillo intensivo en “vida”.  Aprendí que, sobre todas las cosas, la vida, mi vida tiene que estar basada en la verdad, en la transparencia o como dicen por aquí “lo que ves, es lo que hay”.  No ganamos nada intentando aparentar lo que no somos, intentar montar una imagen para que otras personas tengan una percepción diferente a lo que somos en realidad.  Lo triste es que llega un momento que ya no logramos engañar a nadie.  Sólo nos engañamos a nosotros mismos y hagamos lo que hagamos, la verdad siempre sale a flote, siempre se deja ver.  Finalmente llegará el momento que no podremos controlar más la situación y todos conoceremos la verdad, causando mucho dolor sobre todo a las personas que tenemos más cerca y quizá a esas que justamente hemos venido engañando este tiempo.
Aprendí  que es muy importante demostrar nuestros sentimientos, una sonrisa nos hace compartir tanto, una lágrima no nos hace débiles, nos hace humanos.  Nos permite compartir nuestros sentimientos.  Aprendí a dar un abrazo sin importar quien lo vea, a decir te quiero sin importar quien más lo escuche.  Alegra el corazón, da paz a la mente y la propia ley de la reciprocidad, en algún momento me lo dirán a mí también.
Aprendí que cuando tengo algún problema, pena o dolor, hay personas especiales con las que tengo que compartirlo.  Por un lado demuestro a estas personas que son importantes para mí, que no les guardo secretos y por otro lado estas personas nos podrán ayudar a superar y afrontar los momentos difíciles porque realmente me quieren y se preocupan por mí.  ¿Qué ganaría ocultando cosas y guardando secretos, sólo por creerme autosuficiente y que no necesito de nadie para superar cualquier obstáculo?  Quizá más me dolería aceptar que he dañado a muchas personas con esta forma de pensar que siempre están a mi lado para acompañarme y compartir mi vida.
He aprendido que de nada sirve esperar el mejor momento para hacer las cosas importantes de la vida, anteponiendo lo que alimente mi alma y corazón.  Como decía una frase de Paulo Coelho que leí hace unos días “un día despertarás y descubrirás que no tienes más tiempo para hacer lo que soñabas.  El momento es AHORA.  Actúa”. 
He aprendido a compartir con mi familia lo que hay, lo que tenemos, sea mucho o poco, pero siempre con alegría y disfrutando del momento.  Vivir cada día con Fe sabiendo que estoy cosechando las decisiones que tomé hace un tiempo y seguir sembrando con ilusión y experiencia para que mis próximas cosechas sean mejores.
Por fin terminó Junio, ya casi termina Julio y así sin darnos cuenta estamos a más de la mitad de este año que viene arrasando.  Está siendo muy intenso, con mucho que aprender.  Espero seguir teniendo los ojos bien abiertos para no perder detalle.

martes, 29 de mayo de 2012

Las manoletinas

Como antecedentes he buscado en Wikipedia su historia: En la tauromaquia, se comprende como manoletina al pase de muleta de frente sujetando la muleta por detrás de la espalda. Su invención, a pesar del nombre fue obra de un genial torero cómico que se llamó Rafael Dutrús Zamora (Llapisera) y la usó en su repertorio, es decir, en los espectáculos cómicos. Por eso, en las plazas, cuando un torero la ponía en práctica siempre fue aborrecida por el público. Aunque también hay que decir que en distintas épocas tuvo aceptación. Por ejemplo, en los años 40 la popularizó Manolete (de ahí su nombre) y se siguió poniendo en práctica tras su muerte, con gente como Agustín Parra "Parrita" o Paquito Muñoz.
En el mundo de la moda, además de crear tendencias en el toreo, el diestro Manolete creó tendencias en el mundo de la moda. La manoletina hace referencia a un tipo de calzado sostenible, de planta sin tacón, plano y flexible que puede presentarse en colores muy distintos. Este tipo de calzado ha traspasado las fronteras del toreo, y ha logrado conquistar el zapatero de gente muy ilustre.  La manoletina se trata de un calzado de tipo bailarina pero que, a diferencia de éste, no posee trabas que lo atraviesa.
Ahora que ya tenemos más información de las manoletinas, les contaré de qué va esta historia.
Hace unos días nos invitaron a una comunión.  Yo feliz, me puse guapa, como dice Aitana y claro con los correspondientes zapatos de tacón.  Como la Iglesia estaba cerca de casa, a unas 10 calles o quizá un poco fuimos andando.  Ya lo habíamos hecho antes y llevar el coche sería luego imposible para aparcar.  Así que luego de vestirme, peinarme especialmente, me calcé los zapatos de tacón y salimos.  Unas cuatro calles antes de llegar a la Iglesia ya no podía andar más.  Es la primera vez en mi vida que sentía como me temblaban las pantorrillas si dejaba de andar.  Realmente me sofoqué muchísimo, sentía mucho dolor y sobre todo impotencia al sentir que no podía andar más.  Cuando llegamos a la Iglesia, luego de maldecir cada desnivel del suelo, cada cambio de acera, cada paso que daba, me sentía mal, adolorida y enfadada conmigo misma.  Pensaba por qué teniendo coche no lo habíamos usado, ya no importaba dar algunas vueltas por la zona para aparcar, pero bueno, serían menos las calles para llegar a la Iglesia y luego también en coche iríamos al restaurante para comer.  Porque recordé que sin el coche todavía tendríamos que ver como ir al restaurante y luego regresar a casa.  Quedaba mucho camino por andar en tacones.
Durante la misa empecé a sentirme mejor, con más tranquilidad y al estar sentada pude descansar los pies y piernas que ya me temblaban menos.  Ahora,  ya me rio y lo recuerdo como anécdota, pero ese día sentía dolor, dolor físico un dolor intenso, mucho dolor.
Empecé a planear mi salida, es decir cómo hacer para poder soportar el resto del día.  Pensaba y comparaba a otras mujeres, pensaba cómo hacen  ellas, que se ven súper guapas con los tacones y siempre radiantes.  Eso, sin pensar en las chicas que las ves por las calle listas para salir un viernes o sábado por la noche, con tremendos tacones que parecen necesitar una escalera para subir a los zapatos o las que van a las bodas y fiestas y pueden bailar toda la noche.  Pensaba ¿Por qué ellas si pueden soportar los tacones y yo no?  Empecé a mirar al resto de mujeres a mi alrededor, la mayoría con sus taconazos que se notaban eran sólo para ocasiones, pero que secreto guardaban?  Recordé algunas conversaciones anteriores que había tenido sobre el tema de los tacones.  Se me vinieron a la mente muchas imágenes de mujeres que al salir llevan siempre un bolso grande o una bolsita extra.  Siempre las veía y me daba curiosidad saber que llevaban dentro y todo me quedó claro.  Encontré la fortaleza de aquellas mujeres.
Empecé a pensar en mi misma y en mis propios errores de ese día.  Tenía que haber llevado un bolso más grande y no aquel pequeño sobre sólo para el móvil y las llaves.  Dentro, igual que la mayoría de mujeres que veía siempre, tenía que haber guardado mi secreto.  Así que de pronto, como cuando si se encendiera una bombilla, vi la luz, entendí el misterio, descifré el secreto.
Necesitaba haber llevado un par de manoletinas en mi bolso, unas lindas y cómoda manoletinas.  Un par de zapatos adicionales para andar, para cambiarme cuando ya los pies me empiecen a dolor.  Como dice el refrán “donde fueres haz lo que vieres”, esta es una saludable costumbre que he aprendido y descubierto aquí y que tengo que empezar a practicar.
En un par de meses tengo una boda y aunque aún no tengo claro que vestido me pondré, lo que sí tengo claro es que llevaré mis manoletinas, para que luego cuando mis pies ya no den más, o quizá antes, me cambie para seguir disfrutando de la fiesta y que no se me acabe antes sólo por un dolor de pies, que he descubierto, que así como el dolor de muelas, es un dolor muy malo.  No es que haya algún dolor bueno, pero hay algunos que se pueden controlar o distraer.  Pero el dolor de pies es uno que sube, desde lo más bajo de tu cuerpo y te recuerda con cada movimiento que no son los zapatos adecuados para largos trayectos ni para largas jornadas.
Descubrí el secreto y acepté la necesidad de las manoletinas.
¡Qué vivan las manoletinas!

lunes, 21 de mayo de 2012

Mi año nuevo personal

Siempre digo que cuando uno está de cumpleaños, ese día, nuestro día, es como si fuese nuestro año nuevo personal.  Un día para pasarla de la mejor manera posible, rodearse (física y virtualmente) sólo de personas importantes para uno, ser feliz y aprovechar para marcar nuevas metas, planes y propósitos para seguir adelante.
Hace un par de sábados fue mi 37º cumpleaños.  Desde un mes antes (como cada año) ya estaba pensando como celebrarlo, qué, cómo, dónde?  Tenía tantas ideas, tantos planes, tantas cosas que quería hacer.  Poco a poco fui viendo con quienes podía contar para celebrar y las ideas se fueron centrando un poco.  Los que me conocen ya saben que me gusta mucho celebrar mi cumpleaños, me gusta además celebrarlo como fiesta patronal o como siempre digo “como santa de pueblo” o sea celebrarlo el mayor tiempo posible.  Es que ¡es mi día!  Es el día que hago un recuento del año anterior, las muchas o pocas cosas que he logrado y conseguido con esfuerzo y plantearme planes para el futuro.  Porque, estas cosas hay que celebrarlas.  Las cosas buenas hay que celebrarlas porque no ha sido gratis, ha costado mucho esfuerzo, lágrimas, noches sin dormir y días felices.  Si miro hacia atrás y veo lo aprendido, ya he ganado mucho y tengo que también que agradecer y celebrar.  Luego y por otro lado, tengo que hacer nuevos planteamientos para el futuro.  Para el futuro a corto, mediano y largo plazo.
Una vez me dijeron que siempre tenemos que tener planes y proyectos.  Que el día que ya no tengamos planes y metas es como si fuese el fin de nuestra vida.  Es decir, que mientras tengamos proyectos y metas, estamos vivos.  No es bueno para las personas, ni para la mente ni el corazón no tener proyectos por los cuales luchar y esforzarse.  Soy consciente que no todos los planes y proyectos se pueden hacer realidad.  Algunos son más que proyectos, a veces son sueños y como tales, a veces son difíciles de alcanzar, pero no está demás plantearlos y replantearlos de vez en cuando para intentar conseguirlos y hacerlos realidad.  Durante esta etapa, en la que nos esforzamos por hacer nuestros sueños realidad, vivimos de la ilusión y eso también es parte de la felicidad, de la búsqueda de la felicidad.
Alguna vez les conté de una carta astral que me hicieron hace muchísimos años. Verdad o no, estuvo interesante, coincidían muchas cosas, pero la vida se gana con esfuerzo y lucha.  El tema era que me habían explicado de los ciclos de mi vida.  Es decir, que hay unos años que son buenos donde puedo lograr las metas que me proponga, que las cosas fluyen de manera natural y sin mayores problemas.  Los proyectos se van consolidando, es como una etapa de cosecha.  Luego vienen unos años regulares, ni tan fáciles ni malos, pero vamos avanzando.  Algunos planes se concluyen bien, otros con algún grado de dificultad y otros se van quedando pendientes.  Y luego viene una temporada donde todo cuesta más.  Parece que nada nos sale como queremos o esperamos, muchas cosas se nos van quedando, a pesar del esfuerzo, es una etapa de mucho más esfuerzo.
Sacando la cuenta y visto lo visto he llegado a la conclusión que ahora estoy en esa etapa donde todo parece un poco más fácil y sobre todo que las cosas que pasan son buenas.  He entendido que este año es parte de esa etapa donde las cosas fluyen más ligeras.  No quiero decir que estoy viviendo una etapa de relax y maravillas.  Ya saben en que anda mi mente.  Aunque le he dado vacaciones al stress, pero no me hace mucho caso, y sigo con muchas cosas en la cabeza, pero estoy segura hay muchas cosas que valorar y agradecer ahora mismo que con tantas ideas en la cabeza a veces no las vea.  Pero también sé que es un momento o etapa que tenemos que afianzar nuestro futuro o por lo menos buscar un futuro con oportunidades.
Así que en esta etapa, aunque las cosas a veces no suceden de la forma que yo quisiera o esperaba, estoy segura que la vida irá a mejor.  Como toda etapa de la vida tenemos mucho que aprender, aprovechar cada experiencia para enriquecernos, aprender y crecer como personas.  Este año va siendo un curso intensivo.
Sigo replanteando mis metas para mi nuevo año personal, agradeciendo lo conseguido y disfrutando de lo que tengo.